Diversos cronistas de la conquista se sorprendían al observar que los habitantes originales de lo que entonces se llamaba la Nueva España consumían “hongos malos, que emborrachan también
como el vino”.
De acuerdo con el fraile Motolinía “A estos hongos llámanles en su lengua 'teunamacatlth' , que quiere decir carne de Dios o del Demonio que ellos adoraban, y de la
dicha manera, con aquel amargo manjar, a su cruel Dios los comulgaba”.
Como era de esperarse, los representantes de la iglesia católica consideraron el culto del teunamacatlth o teonanácatl una idolatría herética que intentaron erradicar a toda costa.
Por cierto, estuvieron
mucho más cerca de conseguir su objetivo que los modernos grupos antinarcóticos, así que durante varios siglos los únicos testimonios del uso de hongos psicoactivos en Mesoamérica fueron los escritos de los cronistas de la conquista y las figuras prehispánicas de piedra con
forma de hongo.
Tanto así, que en 1915 el respetado botánico W. E. Safford llegó a la conclusión de que los hongos teonanácatl jamás habían existido y que lo que los conquistadores habían supuesto como tales no eran otra cosa más que botones secos del cactus visionario Lophophora
williamsii o peyote.
Durante los siguientes veinte años, la opinión de Safford fue la más aceptada entre los especialistas, hasta que los etnobotánicos Blas Pablo Reko y Richard Evans Shultes, y el antropólogo Robert J. Weitlaner consiguieron algunos ejemplares de
teonanácatl en Huautla de Jiménez, una remota aldea mazateca en el estado de Oaxaca, a partir de los cuales lograron definir que se trataba de un hongo. Sin embargo, muy poco se logró avanzar en su estudio, pues la investigación tuvo que ser suspendida debido a la
Segunda Guerra Mundial.
De esta forma, el culto al teonanácatl volvió a caer durante algún tiempo en el olvido académico.
Dicho culto no era el único caso de adoración de un hongo en el mundo, ya que se tenían noticias de que diversas tribus de la península de Kamchatka, en Siberia, conocían un hongo embriagante desde el siglo XVIII, denominado mukhomor o matamoscas, que era usado por
sus chamanes para acceder a un estado exaltado de conciencia y “hablar con los dioses”. A diferencia de lo ocurrido con el teonanácatl , el hongo matamoscas no era utilizado nada más dentro de un contexto estrictamente ritual, sino que también se empleaba como droga
lúdica, en forma análoga al alcohol etílico entre los pueblos de occidente.
A pesar de que el consumo de hongos psicoactivos es tan antiguo como la humanidad misma, en lo que respecta a la cultura occidental podríamos situar el principio de nuestro relato en la segunda década del siglo veinte, en el verano de 1927 para ser más exactos.
Todo comenzó, como decía, con la historia de amor de una pareja de recién casados que disfrutaban de su luna de miel en las montañas Catskill de Nueva York. Él era un joven banquero de Montana que había estudiado periodismo; ella, una emigrante rusa egresada
de la escuela de medicina. Ambos provenían de mundos diametralmente opuestos, tanto en lo cultural como en lo académico, pero el cariño mutuo hacía que sus diferencias fueran más bien complementarias.
Un día, al realizar un paseo por el bosque, la joven Valentina Pavlovna se entretuvo recolectando algunos hongos silvestres para preparar un guiso típico de su tierra natal.
Al ver el atrevimiento de su flamante esposa, Robert Gordon Wasson le advirtió que si cocinaba
esas setas -él como buen anglosajón las consideraba repugnantes y peligrosas- con toda seguridad no llegaría viva al día siguiente. Valentina se burló de la preocupación del pobre Robert, que para entonces ya se sentía casi viudo, y no sólo cocinó los hongos, sino que
también se los comió y hasta los encontró deliciosos.
Obviamente, las setas eran comestibles y Wasson pudo disfrutar de la compañía de su mujer durante otros treinta años más. Sin embargo, el incidente dejó una huella imborrable en la pareja: a partir de entonces dedicaron sus ratos de ocio a descubrir por qué algunas
culturas, como la rusa, apreciaban a los hongos, mientras que otras, como la anglosajona, los consideraban repulsivos cuando no venenosos.
Los Wasson denominaron al primer tipo de actitud micofilia y al segundo micofobia.
A través de una ardua labor de muchos años y siempre por su propia cuenta, el matrimonio Wasson fue recopilando toda la información disponible acerca del aprecio que los pueblos indoeuropeos y sus vecinos tenían hacia los hongos silvestres.
Buscaron alusiones a los hongos en mitos, leyendas, canciones, refranes, cuentos inspirados en el folklore, en el habla popular, en el arte y hasta en las escrituras sagradas. La idea, como el propio Gordon Wasson lo expresó muchos años después, no era estudiar en los
libros lo que los especialistas supieran acerca de los hongos, sino lo que la gente del campo aprende sin necesidad de maestro desde su más tierna infancia. Poco a poco, este peculiar pasatiempo se fue transformando hasta dar origen a una disciplina con todas las de la ley: la
etnomicología, es decir, el estudio científico de los usos y costumbres populares relacionados con los hongos.
Conforme se fueron adentrando más y más en el tema, los Wasson se atrevieron a proponer una hipótesis para responder por qué algunos pueblos como los griegos, celtas y anglosajones odiaban a los hongos, mientras que otros como los rusos y los catalanes los amaban.
Según ellos, este hecho se podría explicar si en algún pasado remoto los antepasados de los pueblos indoeuropeos hubiesen adorado a los hongos, de tal suerte que en algunas culturas se había mantenido la actitud reverente del culto, mientras que en otras los tabúes que
rodeaban a dicha devoción habían sobrevivido en forma de odio y temor hacia los hongos en general. La hipótesis era sin duda arriesgada, pero no carecía de atractivo.
Los frailes españoles que llegaron a México, comentaban la existencia de cierto culto a los hongos practicado por los indígenas, Schultes identificó al hongo, conocido por los aztecas con el nombre de teonanacatl, como Panaeolus campanulatus var. sphinctrinus.
Así llegaron a Amatlán de los Reyes, en donde antaño la gente que realizaba rituales empleaban diversos tipos de hongos para tener contacto con las deidades, pidiendo salud y bondades para todos aquellos conocidos, familiares o amigos enfermos; los médicos tradicionales,
curanderos o 'brujos' a estos hongos 'sagrados' les llamaban con dos nombres: tlacatzitzen ("hombrecitos") o chocotzitzen ("niñitos"), según la Señora Rufina de Jesús, informante de Wasson*.
La forma de ingesta de estos 'niñitos' se realizaba moliendo los hongos en un metate y se recogía la pulpa estrujada y junto con su jugo se vertía en unos jarritos para ser tomados junto con agua para disfrazar el sabor, y mientras el enfermo estaba en 'trance' la persona tratante oraba por la salud del mismo.
Sin embargo además de los hongos se consumía, para distintos fines, las semillas de la flor Ipomoea tricolor o 'campanita' (coatlxoxouhqui, cuexpalli, ololiuhqui, ololuihqui, semillas del manto de María, badoh negro, gloria de la mañana), un alucinógeno que contiene el alcaloide ergotamina , usadas por siglos por muchos pueblos originarios de México; conocidas como tlitliltzin (negro), que al ser ingeridos provocan grandes poderes adivinatorios, curativos y religiosos.
Generalmente el proceso de preparación era el siguiente:
1. Moler las semillas hasta conseguir un fino polvo, ya que si las semillas se ingieren enteras o partidas dan ningún efecto tóxico (Gómez Fdez, 1998).
2. Echar el polvo en un poco de agua fría, castila o cualquier licor.
3. Remojar toda la noche las semillas, colar el líquido con ayuda de un paliacate, y beberlo (Wasson, 1964).
En toda su investigación, los Wasson no tenían, al principio, muy claro qué tipo de hongo podría haber despertado semejante adoración, ya que su búsqueda del hongo sagrado continuó incluso en otras latitudes como Rusia y el continente Europeo, con climas y latitudes realmente distintos.
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Bibliografía Consultada
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Aranda Monroy, Raúl: Ololiuhqui: Coaxiutl, Planta Serpiente. Evidencias Arqueológicas de Xico. Espacios. Nº 20, año XIV, ICSH. México. pág.125-128. 1996.
Bärtels, Andreas: Guía de Identificación de las Plantas tropicales ornamentales y útiles. Ediciones Omega. pág.196. 2005.
Gómez Fernández, J.Ramón: La toxicidad de las plantas ornamentales. Ed. Oikos-Tau. pág.101-102. 1998.
Otero Aira, Luís: Las plantas alucinógenas. Ed.Paidotribo. pág.103-106. 2001.
Wasson, R.Gordon: Notes of the Present Status of Ololiuhqui and the other Hallucinogens of Mexico. Aldous Huxley Memorial Issue. Vol. I, nº 3. The Psychedelic Review. pág.287-301. 1964. http://www.maps.org/index.php?option=com_content&view=article&id=5407







