miércoles, 17 de abril de 2019

Cultura Nahua en Veracruz
Ubicada a tan solo media hora de Córdoba, Veracruz, la comunidad nahua de Amatlán de los Reyes tuvo un inusitado auge gracias a la vainilla y la piña. Con la riqueza generada, las mujeres se dedicaron a elaborar y vestir para sus fiestas lujosos huipiles, a partir de un lienzo de lino importado, finamente bordado con hilos de seda.

Simulando los huipiles del siglo XIX tejidos en telar de cintura, bordaban a lo largo dos randas de unión donde hubieran estado los tres lienzos. Los bordados en puntada de satín o punto real y punto atrás, cerca del cuello y hombros, eran geométricos, zigzags y estrellas/flores de ocho picos.

A lo largo del huipil, cerca de las randas, brotaban ramos de flores y hojas mas realistas. En total llegaban a usar doce diferentes colores. Un largo listón azul marino de 7.5 centímetro de ancho que colgaba al fente y reverso, remataba el cuello.

El enredo o lía era blanco, tejido en telar de cintura o con manta de fabrica, y anteriormente habían utilizado una faja hecha en Tequila. El uso de collares de coral con cientos de monedas de plata de los siglos XVIII y XIX eran parte de su lujo e inversión. Para 1940 esta tradición se extinguía.

Artículo tomado de la Revista Identidades. Revista de expresiones culturales

miércoles, 23 de agosto de 2017

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Soy de donde soy, soy de donde están,
soy de la Villa, de la Villa de Amatlán.


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Es muy importante mencionar que el sitio se actualiza constantemente, por lo que recomendamos, estar atentos a nuestras publicaciones.

sábado, 29 de abril de 2017

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lunes, 24 de abril de 2017

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martes, 11 de abril de 2017


Mito: Las mujeres de Amatlán cuando se casaban, 'tenían' que vestir un huipil rojo.
Foto: Mujer azteca con su primogénito. Presenta en primer plano a una mujer vistiendo un huipil de la Región Papaloapan de Oaxaca, cargando a su hijo y detrás de ella en la puerta de una choza de madera con palma un grupo de mujeres amatecas con huipiles 'blancos', vestimenta original para la cotidianidad del pueblo de Amatlan de los Reyes y algunos jovencitos vistiendo camisa y cajones (calzoncillos que dejan las piernas desnudas) de manta.

No, al menos no siempre.

Se tienen indicios y testimonios (orales, físicos y fotográficos), dentro de la riqueza cultura de Amatlan de los Reyes, sobre el uso de una vestimenta inusual o de estilo ajeno a los bordados en Amatlán de los Reyes, que ostentaba la mujer amatleca. Se trata de un huipil completo, que evoca los diseños de dos de las cinco regiones del estado de Oaxaca: Papaloapan y Cañada; de color generalmente rojo bermellón, con listones de seda verdes o azules, troquelado con motivos de fauna y grecas, que se logran vislumbrar en algunas fotografías, textos y en la tradición oral.

Si bien en los rituales de boda se llegaron a utilizar dichas prendas, no era forzozo o un requisito portar este huipil; algunas doncellas se casaban con un huipil bordado de estrellas, listones e inclusive totalmente blanco sea sin bordado, esto según las posibilidades económicas del novio para adquirir el ajuar de casamiento o bien la novia bordaba su propio 'huipil de gala' con estrellas, randas, listones, flores o como mejor le gustara para tan especial evento, además existe la posibilidad que varias mujeres pudieran compartir el vestido, sin necesidad de comprarlo.

Además en la mayoría de los casos se prescindía incluso de los collares de plata, oro y coral, pues estos representaban 'el patrimonio' de la familia y dicho capital apenas comenzaba a generarse, producto del trabajo de la pareja.

El imaginario popular nos lleva a creer que todas las mujeres vestían 'cuasi uniformadas' aretes, collares de coral o de monedas de oro y plata, más no era así, como hemos citado todo ello dependía del poder adquisitivo de las familias y la actividad primaria a la que se dedicaran puesto que dentro de la economía local había grandes excepciones y personas con posibilidad para adquirir esos accesorios y quienes no.

Existen también referencias que muestran a la mujer amatleca utilizando el 'huipil de boda' en lo cotidiano, sin que ello demerite o menosprecie el valor que se le da a esta prenda en la cultura local.

martes, 7 de marzo de 2017

ADRIANA NAVEDA CHÁVEZ-HITA*

LA HISTORIA DE LOS LENTOS procesos de urbanización que se escenificaron en la porción central del estado de Veracruz es una rica veta de investigación histórica que apenas empieza a tener interés entre los historiadores regionales contemporáneos. Existen un buen número de crónicas, semblanzas y descripciones que antiguos estudiosos realizaron y que contienen ricas y abundantes informaciones sobre la fundación y desarrollo de tres villas: Xalapa, (Drizaba y Córdoba, y del puerto de Veracruz.

Falta mucho por recorrer para arribar a un enfoque comprensivo y comparativo que dé cuenta de la evolución urbana de estas poblaciones que desde el amanecer colonial hasta nuestros días han sido los puntos nodales de asentamiento, reproducción, intercambio y comunicación en Veracruz.

En estas notas se pretende plantear inicialmcntc una serie de hipótesis sobre las características propias del desarrollo de la villa de Córdoba, proponer algunos elementos en torno a su dificultosa evolución, desde su fundación hasta el advenimiento de la época independiente. Para efectos de esre trabajo consideramos que el siglo XVIIJ cordobés culmina con la etapa independiente que se inicia con la firma de los Tratados de Córdoba en 1821 y con el término de la esclavitud, del auge azucarero y de la época de oro del estanco del tabaco, en suma, con el fin de la Colonia que delimita en nuestra zona de estudio una época de transición que va más allá del ámbito político.

Cronistas y viajeros de los siglos XVII y XVIII coinciden al señalar una serie de rasgos que definían a la villa de Córdoba. Al compararla con su vecina cercana, Orizaba, la encontraban atrasada y carente de los servicios y equipamientos urbanos que la Pluviosilla, fundada un siglo antes, había adquirido rápidamente. Así, por ejemplo, se hace notar la falta de hospederías y alojamientos para los viajeros; la carencia de artesanos que surtieran de insumos al comercio y transporte; el rezago en la construcción de edificios de carácter eclesiástico; la escasez de población indígena que tributara y proveyera la mano de obra necesaria. A nuestro parecer los elementos mencionados encuentran su explicación con base en una serie de características que definieron a Córdoba desde su fundación y que es necesario apuntar. Su fundación, se ha repetido con insistencia, obedeció a la necesidad de proteger el camino de Veracruz del acoso de negros cimarrones. Bajo ese impulso coyuntural un nutrido grupo de emprendedores hisp  os logró apropiarse de una extensa franja de fértiles terrenos, en donde establecieron un sistema agroindustrial azucarero basado en la utilización de mano de obra esclava de origen africano. El hecho de que su territorio jurisdiccional no quedara constreñido por la presencia de grandes latifundios —como en Orizaba fueron los casos de las propiedades del conde de Orizaba, el marquesado de la Colina, el marquesado de Sierra Nevada y el marquesado de Selva Nevada, ni por una fuerte concentración demográfica de las comunidades indígenas, permitió al Cabildo cordobés un libre manejo en la adjudicación y distribución de terrenos, lo cual hizo posible la conformación de un sistema de haciendas, más de tres decenas, que nunca se estructuró en torno a la villa.

El sistema hacendarlo definió un esquema de asentamiento y vivienda disperso en las unidades productivas y no centralizado exclusivamente en la villa. Propietarios, mayordomos, capataces, curas y esclavos vivían al parecer en los ingenios de hacer azúcar, aunque problablemente tenían casa en Córdoba. Ello puede explicar las condiciones que existen entre diferentes padrones y registros de población que ofrecen cifras diversas al contabilizar sin precisión a quienes vivían dentro de la villa y a quienes lo hacían en las unidades productivas, haciendas o ranchos tabaqueros.

La riqueza generada en el transcurso del siglo XVIII parecía no haberse materializado lo suficiente en mejoras de la villa.  Para finales de esc siglo su traza urbana se basaba en el plan reticular hispanoamericano tan común en las ciudades americanas,  es decir, estaba formada por un rectángulo con cuatro calles principales, teniendo en el centro una amplia y vistosísima plaza casi toda circundada de portales con arquería; las calles estaban tiradas a cordel y empedradas; había algunas casas de altos, cómodas y bien construidas. Al hacer una revisión de los principales edificios existentes, hay que comenzar por la iglesia parroquial. La historia específica de este templo se remonta a los años iniciales de la fundación de la villa. En 1618 Joseph Valero nos explica que la primera iglesia de la Purísima Concepción se hizo desde 1621 y fue labrada en madera con techo de paja; estuvo en funciones alrededor de once años. La segunda fue hecha de cal y canto cubierta de madera y tejas, sus torres fueron cuatro madros que sostenían dos campanas compradas a crédito, por doscientos pesos, al ingenio de Tétela; la única imagen que poseía era la Purísima Concepción. La construcción de esta segunda iglesia, levantada con dinero de los fundadores, se consumó en 1660; el primer retablo que tuvo costó quinientos pesos y fue elaborado por el maestro Juan de Torres. Durante ese tiempo estuvo sujeta a la jurisdicción eclesiástica de  Santiago Huatusco. Estuvo en funciones alrededor de cuarenta años y, posteriormente, fue demolida.

La tercera iglesia, es decir, la misma que se conserva hasta nuestros días, inició su construcción bajo el impulso del párroco don Juan Ortega, el año de 1678. La dirección de los trabajos fue continuada por Joseph Valero Caballero a partir de 1687, se erigió la mitad del templo y se pusieron las cubiertas de la bóveda hasta levantar la cúpula. En 1700 se bendijo la iglesia parcialmente construida, pues no fue sino hasta 1725 cuando se culminó la obra central, aunque carecía de torre. El 12 de enero de ese año, en el marco de una gran fiesta "con lucidas diversiones", se bendijo una vez más el templo. Valero afirma que "la situación de este templo puede servir de sagrada envidia a muchas poblaciones" y describe la magnitud de sus naves, el número de sus puertas y otras características, pero también reconoce que por el defecto de tener sus oficinas al exterior, cosa inusual, y particularmente por carecer de torre, era el blanco de la común censura de las poblaciones aledañas: "era tenido por objeto tan irrisorio de los circunvecinos pueblos que se decía en tono jocoso: todo se acaba en esta vida menos la torre de la Villa".

Para 1755 el templo se encontraba ya dotado de ricos adornos, lienzos, retablos e imágenes. Se construyó el coro alto con ruedas de campanas y dos órganos. El más grande de ellos tuvo un costo de 1 270 pesos, donados por don Juan Gómez Dávila. La finalmente erigida torre contuvo cuatro campanas y cinco esquilones, distribuidos por tamaños y proporciones para ofrecer la más hermosa música. La campana más grande de ellas pesaba 133 arrobas. El segundo edificio en orden de importancia es el convento de San Antonio de Padua, de la observancia de San Francisco, fundado en 1686. Fue reedificado en 1714 debido a que se arruinó por un temblor; contaba con una iglesia de regulares dimensiones, además de dos capillas muy proporcionadas y bien adornadas. 

En cuanto a establecimientos hospitalarios, se encontraba el de San Roque, fundado en 1730, atendido por religiosos de la orden de San Hipólito, año en que su atención fue asumida por el Ayuntamiento. También el Hospital de Mujeres y un denominado Hospital Provisional o lazareto, ubicado fuera de la ciudad, que se dedicaba a atender a los enfermos de fiebre, provenientes de tierra caliente, que encontraban en el más benigno clima cordobés un ambiente propicio para su recuperación. Los gastos de éste se sufragaban con un impuesto especial sobre el número de muías que subían procedentes de Veracruz y sus costas. Resaltaban las casas de la municipalidad, a un costado de la plaza central de frente a la iglesia, con una impresionante galería arqueada de cien varas de longitud, en donde se proporcionaba alojamiento a la gente que venía de los pueblos circunvecinos al mercado semanario. Establecimientos educativos había dos: la todavía inconclusa escuela de niñas, para cuya erección la rica viuda doña Ana Josefa de  rivas había proporcionado cuantiosos fondos, y la escuela de primeras letras para niños.

Además de los edificios públicos existían algunas decenas de casas sólidamente construidas en el más puro estilo criollo de la arquitectura local, con muros de cal y canto, techos de gigantescas vigas con teja y amplios corredores y ventanales, que eran propiedad y residencia de prósperos hacendados, cosecheros de tabaco y comerciantes. Estas viviendas proporcionaban un paisaje próspero que, sin embargo, constrastaba con los irregulares y endebles caseríos en que vivían los sectores más desfavorecidos de la villa. No hay que olvidar que las postreras incidencias de la guerra dejaron como saldo la destrucción de algunas de las casas principales cercanas a la plazuela de San Sebastián. Pero si Córdoba presentaba esta imagen de cierta grandeza, por otro lado sufría aún carencias como el empedrado y mejora de las calles principales o la falta de un mesón adecuado para recibir a los viajeros y comerciantes, que preferían pernoctar en las mucho mejores casas de hospedaje con que contaba Orizaba. Este retraso empezó a subsanarse paulatinamente con el inicio de obras de importancía corno fueron la introducción del agua del Medac y la gradual instalación del alumbrado público, mismas que se echaron a andar a pesar de la inestabilidad política que caracterizó al Ayuntamiento en los primeros años del México independiente

De la comparación de dos planos del casco urbano de la villa de 1791 y 1892 se desprenden algunas ideas relevantes que habrá que ahondar en el futuro.12  En el primer mapa, el cual es apenas un esbozo, encontramos la traza exigida por la Real Ordenanza dictada en España en 1573. Cuando en 1618 se funda Córdoba, lleva ya el título de Villa de Españoles, y su diseño se ajusta a lo dictado, empezando por su Plaza de Armas, sus portales, su templo principal, sus Casas Reales (Cabildo o Ayuntamiento) y sus manzanas son solares castellanos. Los límites naturales de la traza se ven marcados por las barrancas, y los tres barrios de indios —San Joseph, San Miguel y San Juan— fundados con gentes de pueblos circunvecinos quedan por fuera de la traza. En el plano de 1892 los espacios construidos son apenas los que un siglo anterior estaban trazados pero eran solares.

La población de la villa apenas rondaba los cuatro mil habitantes con un marcado desbalance en su composición sexual, ya que existían casi quinientas mujeres más que hombres. Esto pareció deberse a los efectos de la convulsa década anterior. Así, por ejemplo, si se registraban sólo 59 hombres viudos, había casi 350 mujeres que habían perdido a sus maridos. Por lo que se refiere a las comarcas inmediatas a la villa, en ellas se asentaba una población de 3 200 personas repartidas en una centena de ranchos y ocho haciendas. Aquí, el desequilibrio en la composición sexual de la población no era tan marcado, aunque sí significativo. En términos comparativos con la situación existente en 1810, encontramos que la población de la villa y su comarca adyacente disminuyó. Este decremento demográfico se atribuye tanto a las ejecuciones y bajas de guerra, como a la epidemia de vómito que asoló a la villa en el año de 1819.

Estas estimaciones demográficas de principios del siglo XIX habría que confrontarlas detalladamente con las pocas cifras aisladas que existen: Villaseñor y Sánchez, 1759; Ajofrín, 1766, y los padrones sobre población de ranchos y haciendas de la villa de 1786 y 1788, ya que hay inconsistencias que faltan por clarificar y que provienen del hecho de que se registraba indistintamente a los habitantes de la villa y a los de las unidades productivas. Los cronistas y viajeros de la época si bien realzaban la presencia señorial y sólida de Córdoba, no dejaban de hacer notar las carencias de su equipamiento básico, poniendo énfasis en el relativo abandono que tenían las calles y la falta de servicios adecuados a una época que se calificaba a sí misma como moderna y deseosa de mínimos elementos de comodidad. Pero lo más significativo en este periodo fueron los desajustes en la política interna que sufrieron los cordobeses. Si en la fase álgida de la guerra de independencia Córdoba mantuvo una identidad conservadora y  una lealtad realista, al acercarse el desenlace las fuerzas liberales y modernizadoras cobraron mucha mayor presencia y disputaron con éxito la hegemonía local, pero al terminar el conflicto armado surgieron las divisiones internas que no hicieron más que acrecentarse a medida que en los niveles estatal y nacional se descomponía la situación y se alejaban las posibilidades de unidad y consenso. Durante largas décadas, el Ayuntamiento y sus miembros se vieron sumidos en agrias y desgastantes disputas, al tiempo que sus posiciones caminaron en un continuo zig-zag, creando una desconcertante situación caracterizada por el oportunismo y el ridículo.

Vicente Segura, agudo observador y jefe del Departamento de Orizaba al cual pertenecía Córdoba, hace notar en 1826 los lastres que impedían la recuperación económica y la normalización política. Al inicio de la época independiente aparecieron cerca de trescientas caballerías como usurpadas de las tierras de propios, resultado de la costumbre expansionista que durante siglos practicó el Ayuntamiento; un robo escandaloso, agravado por el hecho de que el Ayuntamiento cobraba el pequeño estipendio de doce pesos por cada caballería arrendada de aquéllas que aún aparecían claramente bajo el control del poder local. Un factor que contribuía en mucho al estancamiento productivo era la exigencia de que el beneficiario que arrendara tales terrenos debía hacerse vecino de Córdoba, lo cual impedía que múltiples individuos de poblaciones cercanas contribuyeran al progreso del cantón, ya que veían con malos ojos tal exigencia.

Esta ley municipal impedía el flujo de brazos e inversiones en tierras con extraordinario potencial, y sólo es explicable con base en ese peculiar sentido de localismo que caracterizaba a los poderosos cordobeses de aquellos tiempos. El azúcar, otrora fruto principal y motor de la acumulación económica, había entrado en una crisis de amplias proporciones. De los 32 ingenios existentes a mitad del siglo XVIII, sólo se registraron 22 al final de esa centuria; y en 1827 únicamente quedaban 15. Si en 1799 hubo un conteo que marcó 114 000 arrobas de panes de azúcar y 616 000 de mieles, veinte años después la producción no llegaba ni a la cuarta parte.17 A pesar de ello, Córdoba contaba con elementos sociales y naturales de gran vigor que de inmediato influyeron en un intento sostenido de crecimiento económico. En primer término hay que señalar lo que Segura afirma sobre las tierras del cantón: "en este terreno privilegiado la naturaleza se ha franqueado a hacerlo todo para excusar trabajo a sus habitantes; felizmente la sílex, la cal, la alúmina, la magnesia, los óxidos de fierro y de magnesio y las combinaciones salinas y acidas o alcalinas, están tan bien mezclados y en tan apetecidas proporciones, que de uno al otro extremo de ese Cantón se admira la prodigiosa fuerza de la vegetación, y no hay necesidad de ocurrir, después de doscientos y más años de cultivar un suelo, a los métodos tan necesarios en otros para su vegetación".}

La asombrosa fertilidad de los terrenos cantonales fue fundamental en el 
renacer productivo que se gestó a través del siglo XIX, a pesar de revueltas e inestabilidades. En fecha tan tardía como 1827 el jefe político del Cantón de Orizaba, al cual pertenecía Córdoba, nos dice: "los hacendados de Córdoba cuentan por desgracia entre sus propiedades la más escandalosa, la de tener hombres esclavos. La ley no los ha declarado libres".

Esta remanencia del antiguo orden, sin embargo, era muy relativa ya que desde el estallido mismo de la guerra en 1812 las esclanovías se disolvieron, bien por incorporarse a los contingentes libertarios o por haber huido prestos de la región. Los que quedaban aún, de hecho eran trabajadores asalariados que vendían sus servicios cuando se les antojaba: "cada día se cuentan menos en el de Córdoba y por falta de población esta pérdida es irreparable";18  ésta era una de las causas principales de la decadencia hacendaría, pero había otras: el atraso en los métodos productivos, la inexistencia de prados artificiales, la falta de forrajes para muías de carga y tiro, la imperfección de los molinos y el desconocimiento del uso de las máquinas de vapor. De no ser por el crecimiento en la producción de aguardientes destilados, la crisis azucarera de la región hubiera sido total.

Entre los aspectos positivos que en esa alborada independiente contribuyeron a reinstalar a Córdoba en la senda del progreso material, es digno de mencionarse la afortunada introducción del café al finalizar el siglo anterior. Fueron tan propicios los terrenos cordobeses para el florecimiento del adictivo y estimulante grano que para 1826 había 523 450 pies de café logrados: se recolectaron en 1825 seis mil arrobas que dieron 75 mil matas, produciendo a razón de dos libras cada arbusto. El café que empezó a producirse en Córdoba era de excelente calidad, al grado de preferirse al de La Habana.19  Es, entonces, a partir del siglo XIX, cuando este nuevo actor económico surge para no desaparecer más y alternar, contrapunteando sus alzas y crisis, con los otros dos que dan características propias a la región: el azúcar y el tabaco. 

Es importante mencionar que las treinta mil cargas anuales de maíz que se consumían en promedio en Córdoba, y que antes se traían en su totalidad de las vecindades de San Andrés Chalchicomula, ya para el primer tercio del siglo XIX se producían en suelo cordobés. Un factor que puede explicarnos en parte por qué las riquezas producidas en el crepúsculo colonial no se materializaron en señas visibles de un mayor desarrollo, es el cuantioso monto con que Córdoba cooperaba a las instituciones civiles y religiosas. Solamente derivado del tabaco, la villa proporcionó un diezmo a la catedral de Puebla de 205 000 pesos en el penúltimo quinquenio del siglo; en el mismo periodo se pagó a la Hacienda Pública, por derechos de alcabala, la cantidad de 142 000 pesos. Estas cifras nos hacen comprender la razón por la cual era tan apreciada por las autoridades coloniales la población cordobesay los frutos por ella producidos. En el mismo sentido, cifras que nos ilustran sobre la caída productiva y su lenta recuperación son las del derecho de alcabala, que en el quinquenio que va de 1821 a 1825 no rindieron más que 104 000 pesos, mientras que en un quinquenio de pleno crecimiento —1790-1795— ascendieron a más de 280 000 pesos.

Segura nos ofrece una explicación en torno al relativo retraso que Córdoba presentaba frente a su pujante vecina Orizaba: "Córdoba es un país en donde los renglones más necesarios para la vida no se encuentran tan cómodos como en Orizaba. Entre otras causas, de las cuales algunas dejaremos anotadas, indicaremos ahora tres: primera, tener menos población; segunda, contar con menos industria; tercera, no disfrutrar de la oportunidad de que lo circunden como a aquélla muchos pueblos. De aquí proviene que estando una villa tan inmediata a la otra, los que no tienen bienes raíces o un interés muy fuerte que los ligue a Córdoba, emigran a Orizaba; aquella población se disminuye y ésta a expensas de la otra se ve aumentar visiblemente.

Uno de los impactos de la larga lucha de independencia en la región fue la desarticulación de las esclavonías con la consecuente postración del otrora emporio agrícola cordobés. La sociedad cerrada que caracterizó a un sistema productivo de carácter esclavista impidió que, a diferencia de Orizaba, se consolidaran grupos sociales intermedios, definiendo con ello un menor desarrollo una vez que se ingresó al tiempo de la independencia.
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Nace en Papantla, crece en Córdoba y desde hace 39 años reside en Xalapa, es Dra. en Historia por la Universidad Veracruzana, especialista en historia de la esclavitud colonial veracruzana y la población de origen africano en Nueva España, se ha interesado en el rescate de archivos coloniales y de textos históricos.

jueves, 2 de marzo de 2017


Los antiguos habitantes de Amatlán de los Reyes, sabían perfectamente lo que significaba ser un 'naualli' (nahual); un brujo propiamente, que de noche asustaba a los hombres y a niños, por lo que quien realizaba este 'oficio' se le daba bien todo lo que tenía relación con los hechizos de forma aguda y astuta, aprovechándose y no dañando a nadie.

[...] Sin embargo el que es maléfico de este oficio hace daño a los cuerpos con los echizos, y saca de juicio y ahoga; es embaidor o encantador.1

El término 'naual' o 'nahual' era un término que podía aplicarse a todo aquel hombre sabio y con poderes sobrenaturales, protector de los demás, aunque tenía la contraparte, como brujería, con el poder de transformarse, en algún animal o en fenónemo atmosférico, de manera muy semejante a las brujas europeas.

"...Si el que nacía en el signo ce quiahuitl, era noble, se hacía 'nahualli', en algo se transfiguraba; quizá tenía por nahualli una fiera. y si era 'macehualli', tambiébn ese era su oficio. Quizá se hacía salir en un pavo, quizá en una comadreja, quizá en un perro. cualquier cosa era su transfiguración, se hacía 'nahualli'.

En esta separación de nahual benigno y maligno, éstos ultimos eran llamados 'come corazones' (teyolloquani), por que hechizaban a la gente por odio y le comían el corazón.

Existen muchos registros de estos seres en Códices precolombinos y manuscritos de frailes venidos a México; se dice que los 'naualli' pudieron tener un dios protector llamado Nahuapilli (Príncipe Mago), con un aspecto como el de Tezcatlipoca, dios creador invisible, oscuro y aéreo, quien también se transfiguraba en animales, como el coyote, forma en la que se le representa en el Códice Borbónico, entre otros.

En cuanto a los requisitos para ser 'nagual', se señala que las personas deben nacer con  con la vocación, es decir, eran elegidos por el dios de la lluvia Tláloc; las señales de los elegidos eran ciertas marcas corporales, como dos remolinos en el cabello o algunos defectos.

También eran una señal de elección el haber nacido bajo un buen signo calendárico y, particularmente en Amatlán de los Reyes, no se descarta la posibilidad de que estas personas ingirieran plantas alucinógenas, como hongos por ejemplo, ya que el dios de la lluvia era el patrono de la mayoría de estas plantas y de los hongos, como ha registrado el etnólogo amateco Luis Reyes García y el etnobotánico Robert Gordon Wasson en nuestra Villa.

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Para saber más:
1. Sahagún, Historia...,III, 117.
2. Códice Florentino, Libro 5, 31. López Austin, cuerpo humano...I, 418
3. Aguirre Beltrán, Medicina y magia, 40.

miércoles, 15 de febrero de 2017


Adolfo Dollero, historiador y viajero italiano, emprende un viaje en nuestro país y publica en 1911 sus impresiones y notas de viaje bajo el título México al Día.
A principios de 1907, en compañía del ingeniero Armando Bornetti de Roma y el Químico Arturo Vaucresson de Zurigo, recorre todo el territorio nacional y porsupuesto que hace una breve escala en Amatlán de los Reyes y narra lo siguiente:

[...] De Tuxtepec continuamos el viaje hasta Córdoba, 'ciudad importante del Estado de Vera-Cruz, situada á 872 metros sobre el nivel del mar.
Observábamos de las ventanillas del tren, después de Tezonapa enormes plantaciones de bananos y de piñas.

Ciertos días, salen de Córdoba rumbo á México hasta 14 y 15 vagones de los primeros.

Abundan también las piñas. La variedad de Amatlán es dulce y muy jugosa y la de Cayena que se cultiva especialmente en la hacienda La Unión de los señores Flores y Barrios, alcanza precios muy elevados hasta en los mercados mexicanos, por su tamaño extraordinario.

En la Estación de Amatlán Vaucresson pudo fotografiar un típico grupo de indias de la localidad, todas vestidas de blanco y muy adornadas de corales y monedas de oro".

Cuentan los que saben, que en Amatlán de los Reyes hasta mediados del S. XX, aún se utilizaban las monedas de oro, además de para vestirlo en collares; para mercar e incluso pagar la renta de los vagones del tren para transportar la producción de piña para el puerto de Veracruz y otros puntos del país, inclusive el extranjero.

Además en las tardes, algunas personas sacaban a 'orear' sus monedas, pues es bien sabido que en Amatlán de los Reyes se acostumbraba enterrar el dinero y, con la humedad, se 'aposcaguaba', sea se llenaba de moho, así entonces el 'asoleadero', destinado para el secado del café, se colocaban las monedas y el propietario se sentaba a resguardar su tesoro, claro con su arma o arco y flecha a la mano.

La imagen que Dollero menciona y capturó su compañero circa el año 1908-1910, es la que observamos, nos muestra un grupo de 5 mujeres amatecas vestidas con sus huipiles, 1 de listones y 2 sin bordado alguno o de uso diario y dos bordados de estrella; y 3 varones vistiendo camisa y calzón de manta, en lo que parece ser la plaza de Amatlán de los Reyes.

Fuente de la imágen: Cien viajeros en Veracruz: crónicas y relatos. Poblett Miranda, Martha. Xalapa, Ver. Gobierno del Estado de Veracruz, 1992.

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